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Haití, tragedia de una época

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La Humanidad ha sigo testigo de tragedias mayores en número de víctimas. Sin embargo, por lo menos en la Historia contemporánea, quizá ninguna otra catástrofe ha provocado una devastación tan profunda en las condiciones físicas y en las propias instituciones de un país como el terremoto que destruyó la capital de Haití, Puerto Príncipe, en la noche del 12 de enero. Del palacio presidencia a las favelas, pasando por hospitales, escuelas, la universidad, las instalaciones de la misión de las Naciones Unidas, -más de 80 por ciento de las construcciones de la ciudad- fueron destruidas o dañadas por el sismo, cuyos efectos fueron mayores por haber ocurrido a poca profundidad y a poca distancia de la ciudad.

El horror de la tragedia creció al constatarse que, en pleno siglo XXI, el país no disponía de los recursos más elementales para enfrentar emergencias de este género (como resultó evidente con las inundaciones que sufrió en 2008), desprotegidos al máximo, quedaron dependientes por completo de la ayuda externa. Este hecho originó una corriente de solidaridad internacional pocas veces vista que será determinante no sólo para tratar de impedir que la sociedad haitiana se hunda en el caos social, sino, para asegurar la reconstrucción del sufrido país caribeño.

Es fundamental que en este aspecto se aprendan varias lecciones. Cuando ocurrió la intervención militar supranacional en 2004 era evidente que Haití necesitaba mucho más que una pacificación política impuesta por los "cascos azules" de Naciones Unidas.

Como ya hemos reiterado en su momento, la "defensa de la democracia" por si misma no pasaba de ser un pretexto para mantener un modelo neocolonial, el cual dejaba de lado la tarea más relevante: reconstruir un país a partir del fortalecimiento de la actual débil estructura del Estado nacional haitiano. Así la ayuda indispensable era la inyección de vastos recursos destinados a la infraestructura física, además del perdón de la deuda externa nacional, exigencias que ni por asomo se presentaron.

En su lugar, buena parte de los recursos de la ayuda se pulverizaron por intermedio de una red de Organizaciones No Gubernamentales internacionales, lo cual no contribuyó a reforzar el arcabuz de la gobernabilidad nacional -ni era de su interés. Ahora será preciso recomenzar de cero para establecer no un nuevo modelo de intervencionismo, aunque se diga humanitario, sino un proyecto de cooperación internacional que se sustente en instituciones propias, en el marco de un sistema de relaciones entre naciones soberanas. Es así un momento en que el sistema hemisférico iniciado en la década de los 1980s se colapsa y exige su reemplazo.

Más ampliamente, la apocalíptica tragedia haitiana es también la tragedia de un modelo de en que el neocolonialismo de la Guerra Fría reforzó el estancamiento de Haití. Esperemos, pues, que la conmoción causada por las imágenes dantescas de las ruinas de Puerto Príncipe, sacuda la conciencia mundial para emprender de inmediato la reconstrucción de ese país que se encuentra a la espera de que se hagan validos principios morales verdaderamente cristianos.

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