MSIa: Como es verde el “humo de Satanás en la Iglesia” Como es verde el “humo de Satanás en la Iglesia” ================================================================================ Silvia Palacios y Geraldo Luís Lino on 15 June, 2009 03:21:00 Del 8 al 10 de junio se llevó a cabo en Brasilia, un simposio promovido por la Conferencia Nacional de Obispos de brasil (CNBB) y otras entidades que incluye a la organización católica alemana Miseror, dedicado a discutir los cambios climáticos y otros asuntos ambientales. La reunión trae a Brasil las conclusiones de otro simposio titulado “El Bien Común global a la escasez de recursos”, realizada en forma conjunta por el Consejo Latinoamericano (CELAM) y Miseror celebrado en El Vaticano entre el 6 y 7 de mayo pasado. El documento final, aunque haya hecho consideraciones correctas acerca de los efectos de la crisis desatada por la globalización financiera, está repleto de consideraciones ambientalistas apegadas a la visión maltusiana, al clamar por “un nuevo paradigma cultural como base de un modo de vida que reconozca la limitación de los bienes naturales”, contribuyendo así a divulgar la visión catastrofista anticientífica sobre los fenómenos climáticos. A juzgar por un artículo publicado e el periódico brasileño Folha de S. Paulo del 7 de junio que lleva como encabezado “La Iglesia Católica ante el calentamiento global”, todo indica que en Brasilia se repiten no solamente las mismas falacias, sino que también tales círculos eclesiásticos se apegan al antiguo concepto pagano de la Madre Tierra. Oscurantismo en la ciencia En un intento por colocar a la Iglesia Católica, por lo menos a una parte de la brasileña, en la vanguardia de las discusiones sobre el tema, se distancian del apego a la búsqueda de la verdad adoptando las versiones de la “opinión pública” aturdida por la propaganda predominantemente pseudocientíficas, que bordean en el oscurantismo de varias maneras: científico, porque se han negado a escuchar a numerosos científicos serios de todo el mundo que han demostrado la falta de solidez de los argumentos acerca del calentamiento global antropogénico; y social, porque las consecuencias de las propuestas de los alarmistas (todos maltusianos furibundos, como Al Gore, Maurice Strong y otros) no implican únicamente frenar el crecimiento poblacional, sino potencializar un virtual genocidio, al obstaculizar el desarrollo de la mayor parte de los habitantes del planeta. Además, la campaña del calentamiento global antropogénico abarca tantas falsedades que navegan como verdades establecidas, que, por lo que respecta a las amenazas al medio ambiente, bien podrían servir de argumento para la continuación de Ángeles y Demonios, el nuevo éxito literario-cinematográfico del propagandista anticatólico Dan Brown. Después de leerlo, podríamos parafrasear a Paulo VI y decir que “el humo de Satanás en la Iglesia” es verde. No podría ser otra la deducción del contenido del artículo escrito por D. Pedro Luiz Stringhini, obispo auxiliar de la diócesis de Sao Paulo, y el teólogo Roberto Malvezzi, asesor del CELAM para asuntos ambientales, que comienza con una “lección teológica”: “Jesús enseñó a sus discípulos a leer ‘los signos de los tiempos’. No es el mirar de un científico sobre la realidad, aunque también sea esencial. En este caso, los ‘signos de los tiempos’ es una categoría teológica que nos ayuda a interpretar como Dios se manifiesta ante los acontecimientos de la historia. Hoy, literalmente, tenemos que mirar las señales de los tiempos. Entre tantos cambios que acontecen a la humanidad y al planeta que habitamos, uno parece más desafiante que otros: el calentamiento global (…). En seguida, se ve un sorprendente parágrafo de adhesión a la Hipótesis Gaia, un bizarro cóctel de pseudociencia mezclado con misticismo creado por el científico inglés James Lovelock y adoptado por gran parte de los ambientalistas, el cual considera al planeta como un ser vivo con derechos propios: “Según gran parte de científicos, la Tierra se comporta como un ser vivo y está en un proceso de calentamiento, con consecuencias gravísimas para la humanidad y toda la comunidad de vida que habita. La previsión de que la Tierra puede calentarse entre 2 y 6 grados (centígrados) asusta a la comunidad científica y a todos aquellos que tienen acceso a estos informes”. Si los autores del artículo no se hubieran identificado, podríamos haber supuesto que se trataba de un texto del “teólogo de la liberación” Leonardo Boff, un activo propagandista de la Hipótesis Gaia y del ambientalismo. En cuanto a su substrato “ético-filosófico”, tanto la Hipótesis Gaia en particular, como el ambientalismo en general, representan un intento por resacralizar a la naturaleza – y una consecuente desacralización del ser humano. Se trata de una especie de retorno al concepto panteísta pre-cristiano de que Dios está en todas las cosas, o a la herejía de Pelagio (siglo IV), según la cual la naturaleza sería suficiente para la salvación del hombre. Algunos de los ambientalistas más entusiastas ven en el culto a Gaia el esbozo de una religión universal, que trascienda a todos los pueblos y culturas. En la visión de los adeptos a Gaia, el ser humano debería comportarse como una versión pos-moderna del “noble salvaje”. Además, dan crédito a los números casi esotéricos de un informe divulgado la semana pasada por el Foro Humanitario Global, ONG dirigida por el ex-secretario general de la OU Kofi Annan, según el cual el calentamiento global ya estaría causando 300 mil muertes anuales. Este informe ya ha sido debidamente descalificado por varios científicos que demostraron la falta de rigor en su desarrollo. Demostrando un total desconocimiento de los hechos científicos reales, los autores afirma que “tantos hechos inéditos aconteciendo al mismo tiempo nos dicen que la naturaleza está en cambio”. De hecho, la naturaleza está “en cambio”, toda vez que este es su estado permanente. Desde el surgimiento de las primeras formas de vida, hace más de 4 mil millones de años, nunca hubo condición alguna que pudiese ser considerada como “equilibrio” –palabra clave en el vocabulario ambientalista. Al contrario, la historia geológica-biológica de la Tierra está marcada por un proceso de evolución caracterizado por una sucesión de niveles crecientes de organización de la energía, materia e información, lo cual se ha acelerado a lo largo del tiempo geológico. Desde su entrada en escena, al mismo tiempo en que se diversificaban en formas crecientemente complejas, los seres vivos asumían un papel cada vez más activo en la trasformación continua del medio físico, o sea, en la imposición de niveles superiores de organización a la materia inerte, lo cual, por su parte, favorecía la aparición de especies más evolucionadas. El hombre y sus recursos técnicos representan, por decirlo así, la culminación de este proceso evolutivo, en un estadío cualitativamente – u antológicamente- superior. Como afirma el paleontólogo francés Jean Michel Dutuit –y resalta la teología cristiana- el hombre es la evolución que ha tomado conciencia de si misma. Por lo demás, sería del todo conveniente que los autores y participantes del seminario de Brasilia tomasen nota de las advertencias que el propio Papa Benedicto XVI ha hecho sobre el tipo de exageraciones catastrofistas en torno al calentamiento global. En la asamblea plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias del Vaticano, celebrada del 3 al 6 de noviembre de 2006, dedicada al tema “La posibilidad de predicción en la ciencia: precisiones y limitaciones”, el Pontífice hizo una breve exposición en la que no solamente reiteró la inexistencia de alguna oposición fundamental entre la ciencia y la religión, sino que también asestó un vigoroso golpe contra el alarmismo pseudocientífico. Aunque no mencionó alguna variante del fenómeno en particular, las palabras del Papa parecen haber sido dirigidas directamente a los ambientalistas y su ideología misantrópica y anticientífica: “La posibilidad de predicción científica suscita también una cuestión de responsabilidades éticas del científico. Sus conclusiones tienen que estar orientadas por el respeto a la verdad y por el reconocimiento honesto, tanto de la precisión como de las inevitables limitaciones del método científico. Ciertamente, esto significa evitar innecesariamente predicciones alarmantes cuando no estén sustentadas por datos suficientes o sobrepasen la capacidad actual de la ciencia para hacer previsiones. Al mismo tiempo, debe evitarse lo contrario, o sea, callar, por temor, frente a los auténticos problemas. La influencia de los científicos en la formación de la opinión pública en virtud de su conocimiento es muy importante como para ser socavada por una indebida precipitación o por una publicidad superficial”.