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El clamor volcánico de la naturaleza

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Los monumentales disturbios causados en Europa por la erupción del volcán Eyjafjallajökull, con repercusiones en todo el mundo, deberían ser la base para reflexionar con seriedad sobre la actitud correcta que debe adoptar la ciencia ante los fenómenos y transformaciones del mundo natural, en especial, en lo que corresponde a la definición de los que merecen la intervención coordenada a escala mundial y la mejor respuesta ellos.

En las dos últimas décadas surgió la colusión de intereses políticos, económicos, académicos y informativos en torno de la torcida tesis del calentamiento global supuestamente causado por las actividades humanas, de lo que resultó el establecimiento de una autentica -y lucrativa- industria dedicada a hacer propuestas innecesarias y perjudiciales, para mitigar ese pseudoproblema con una equivocada condición de emergencia mundial. Para fortuna de la Humanidad, el "calientismo" ha iniciado su declive, Ese desgaste de imagen se verifica en las repercusiones del escándalo "climagate," en el fiasco de la Conferencia de Copenhague, en las denuncias comprobadas del uso de datos incorrectos y falsos por el Panel Intergubernamental de Cambios Climáticos (IPCC) y otros hechos recientes.

Las cenizas volcánicas islandesas quizá sirvan para acelerar el entierro imprescindible de ese anticientífico engendro político, ideológico, que no es otra cosa que la actualización del manido maltusianismo, acoplado ahora a mecanismos para convertir en títulos financieros toda suerte de actividades creadas por la globalización.

Además de manifestar la colosal potencia de los fenómenos naturales, la erupción pone en lista los criterios que se deben establecer en el programa de esfuerzos colectivos. La naturaleza ofrece amenazas mucho más serias que una ligera subida de los termómetros.

A pesar de los trastornos acarreados al tráfico aéreo y la sobrecarga de la red de transporte europeo, la erupción no fue ni siquiera de las más fuertes, tal vez ni siquiera haya llegado al número 3 del Índice de Explosividad Volcánica (VEI, en inglés) de ocho puntos. Mucho más violenta fue la del volcán también islandés Laki, el que en 1783 durante ocho meses arrojó centenares de millones de toneladas de bióxido de azufre y de otros gases a la atmósfera, con lo cual afectó radicalmente las condiciones meteorológicas y las cosechas agrícolas y causó la muerte de miles en todo el Hemisferio Norte, inclusive en el Norte de África y en Asia. Se estima que un cuarto de la población de Islandia pereció a consecuencia del hambre provocada por la perdida de las cosechas de la isla.

Más violenta fue la erupción en 1815 del Tambora, en la actual Indonesia, la más mortífera presenciada por el mundo. La cantidad de gases y partículas que lanzó a la atmósfera fue tal que el año de 1816 se le conoce como "el año que no tuvo verano." Se calcula que más de 70 mil personas murieron a consecuencia del tsunami que siguió a la erupción y del hambre que causó al destrozar las cosechas en gran número de países.

Las investigaciones también muestran que Tambora lanzó a la atmósfera, en tan sólo un día y medio, una cantidad de compuestos de cloro equivalentes a entre 4 y 5 veces toda la producción mundial de clorofluorocarbonos (CFC), desde su introducción industrial a gran escala después de la Segunda Guerra Mundial.

Además de las erupciones volcánicas, hay otros fenómenos que podrían causar serios problemas y destrucción a gran escala, como grandes tempestades solares y choques de cuerpos celestes. No se trata de problemas hollywoodenses, sino de amenazas reales que merecen atención y esfuerzos en el ámbito internacional, pues sus probabilidades no son tan remotas como se cree.

La peor tempestad solar registrada provocó en 1859 grandes trastornos en la red telegráfica de aquella época, que era prácticamente la única forma de utilización de electricidad. Si un fenómeno semejante ocurriese hoy, las consecuencias de las "corrientes fantasmas," inducidas por las partículas de alta energía provenientes del Sol, en las redes eléctricas serían devastadoras, pues inutilizarían transformadores primarios de las redes de distribución y dejarían de un tirón sin electricidad a enormes zonas del planeta durante semanas o meses. Una tempestad mucho menor sucedida en 1989, dejó la mayor parte de la provincia canadiense de Quebec sin electricidad por casi medio día. Además de las redes eléctricas, los satélites, de los que dependen las redes de comunicaciones y los mecanismos de posicionamiento global (GPS) también son vulnerables a estos caprichos solares.

En lo que toca a la caída de cuerpos celestes, apenas en 1908, uno de ellos, un pequeño comenta o meteoro de unos 50 metros de diámetro, cayó en Siberia y acabó con 2.500 kilómetros cuadrados de bosque. Por fortuna ese objeto arrasó una zona remota y deshabitada y no causó víctimas humanas, pero si se hubiese tardado cinco horas en caer, habría pulverizado la entonces capital rusa de San Petersburgo.

Así como ocurre con los grandes terremotos, esos fenómenos no se pueden dominar, sin embargo, el conocimiento adecuado de ellos y el establecimiento de mecanismos de vigilancia capaces de detectarlos directamente -en el caso de las tempestades solares y cuerpos celestes- o captar pruebas que los antecedan como en erupciones volcánicas e inclusive los terremotos, podría contribuir en mucho a disminuir sus efectos en las sociedades humanas. En todos estos casos existen investigaciones científicas volcadas a profundizar el entendimiento de los fenómenos citados, como el auxilio de redes de sensores específicos para su estudio y anticipación.

Existen pocos telescopios dedicados a detectar Objetos Cercanos a la Tierra (cuerpos celestes en órbitas que pudieran amenazar el planeta), con poca coordinación entre ellos, por ejemplo. De la misma forma, algunos satélites vigilan la actividad solar, pero no son suficientes. Para evitar los efectos de una súper tempestad solar en las redes eléctricas, la principal providencia sería desconectarlas, pero para esto tendría que haber una red de alerta que trasmitiese las informaciones captadas por los satélites y las evaluaciones inmediatas de los operadores de los sistemas a las autoridades de los países, regiones y hasta continentes enteros. Y no hemos mencionado los planes de contingencia que se necesitarán para evitar que los sectores vitales de la infraestructura y de los servicios esenciales, como hospitales, servicios de seguridad y otros, se queden sin energía durante la emergencia.

No obstante que dichas preocupaciones pudieran parecer exageradas, la aparición de fenómenos como los que hemos mencionado y la magnitud de los trastornos causados por oscuro volcán islandés, nos sugieren que la realización de un esfuerzo coordinado de prevención no sólo se justifica, sino que debiera ponerse de inmediato en la pauta de la política mundial.

Todos esos renglones se beneficiarían si les destinase una fracción ínfima de la atención y de la colosal inversión de recursos económicos y de personal que se han destinado a la falsa emergencia del calentamiento global antropogénico.

Además de desperdiciar talento científico que se pudo utilizar de una forma mejor en otros campos de investigación, literalmente centenares de miles de millones de dólares se gastaron en las dos décadas pasadas en investigaciones destinadas a demostrar la supuesta influencia humana en el clima global y en inocuos -pero lucrativos- esquemas de transformación de las emisiones de carbono en mercancías que se cotizarían en los mercados.

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