G-20: sin solución para la crisis
Como se esperaba, se frustraron las expectativas de que a reunión cumbre del G-20 en Londres tomara alguna decisión de gran relevancia para la solución efectiva de la crisis global. La razón es que no habrá ninguna posibilidad de buscar una solución real a la crisis mundial mientras los altos círculos dirigentes de Estados Unidos y del Reino Unido no se convenzan del agotamiento irremediable de su hegemonía financiero-militar mundial -tarea de suyo difícil para naciones que se formaron en la ideología del "excepcionalismo" milenario.
Lo que Washington y Londres pretenden, con sus diferentes matices, es una salida "reformista" a su hegemonía financiera, pero sin cuestionarla -es decir, la tentativa de volver a meter en la botella al genio de la "exuberancia irracional" que escapó al vacío de la desregulación financiera de las últimas décadas. Lo que se pretende es hacer que el poder mundial siga girando en torno de la "relación especial" Estados Unidos-Inglaterra, en un esfuerzo para establecer un "nuevo atlanticismo" más amplio y pintado de "verde" -en este caso, para atender las exigencias de un ambientalismo radical igualmente transformado en un fin en sí mismo. En resumen, se trata de mantener en su esencia el desgastado y disfuncional orden del "libre comercio," el dominio privado de los recursos naturales, del crédito y del financiamiento de los gobiernos, de la "financierización" económica y de la militarización de las relaciones internacional, lo mismo que llevó a la civilización a este callejón sin salida.
A propósito, la intención de pactar un gran acuerdo mundial para la reducción de emisiones de carbono es una broma de mal gusto contra las pretensiones de progreso de la gran mayoría de las naciones, en especial del sector más pobre del planeta. Como hemos reiterado en múltiples ocasiones, el radicalismo ambientalista en su conjunto no pasa de ser un instrumento creado por el eje anglo-americano como parte de una estrategia amplia para asegurar una hegemonía cuya declinación no se puede ocultar en un mundo en el que se ha definido artificialmente que los recursos son "limitados."
En la cumbre quedó evidenciada una división entre esa posición anglo-americana y la de un grupo de países interesados en una reforma efectiva del sistema financiero mundial, en el que la hegemonía del dólar sea reemplazada por un acuerdo monetario fundado en un grupo de monedas de las principales naciones, con una reserva de oro que brinde garantía de valor. Ese grupo, aun sin constituir un bloque formal y con varias divergencias entre sí, tiene como núcleo a Alemania, Francia, Italia, Rusia y China. Los dos últimos, inclusive, asumieron ya el papel de abanderados de la propuesta de reemplazar el dólar estadounidense como moneda de reserva internacional con los Derechos Especiales de Giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional (FMI).
En realidad, esas naciones formarían el núcleo para la formación de un eje euroasiático, a partir de la transferencia efectiva de técnica moderna, acuerdos de seguridad energética y la construcción acelerada de obras de infraestructura en beneficio de dos tercios de la Humanidad que habitan en esa región privilegiada. El mundo entero, inclusive los mismos Estados Unidos, podrían poner los cimientos de su recuperación en ese "motor" de progreso, sin detrimento de sus soberanías nacionales. Esta fue precisamente la motivación del seminario internacional realizada en Módena, Italia, en julio de 2008, en cuya organización y en sus debates participó nuestro colaborador italiano Paolo Raimondi (Reseña Estratégica, 30/07/2008).
A finales del siglo XIX, cuando el Reino Unido comenzó a perder las condiciones para mantener su hegemonía política-financiera-militar, el mundo tuvo una oportunidad similar para erigir un orden de Estados plenamente soberanos sobre los escombros de un colonialismo europeo que mostraba su inviabilidad. Desde entonces han surgido planes para el progreso de de toda la región euroasiática, mismos que han sido obstaculizados por conflictos y guerras alimentados en gran medida por motivos geopolíticos. Hoy, nuevamente, se presenta otra oportunidad de sustituir el orden hegemónico neocolonial actual con un concierto político-económico que inaugure una nueva era para la Humanidad. Esto es lo que, en realidad, no se analizará en Londres, pero que tendrá que ser una de las preocupaciones centrales de las negociaciones entre los principales actores internacionales en el futuro inmediato.
En lo que toca a Brasil, el país tiene la oportunidad unirse a esa posibilidad de progreso euroasiático y reproducir en el ámbito sudamericano la puesta en marcha efectiva de los grandes proyectos de infraestructura ya existentes.
De forma paralela, Brasil, América del Sur, las potencias euroasiáticas y los mismos Estados Unidos podrían emprender un gran proyecto para la reconstrucción de África, como una señal de una nueva era de armonía y de diálogo de civilizaciones, como pidió el Papa Benedicto XVI en su visita al continente africano en marzo pasado.
Por desgracia, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva e Itamaraty se han limitado a repetir la cantaleta de las "verdades absolutas" del libre comercio y de los paquetes de estímulos para las economías nacionales (al tiempo que mantienen los intereses más elevados del planeta), con lo que se muestran incapaces de articular una posición mínima de consenso en su área de influencia directa, América del Sur. La verdad es que la comprensión superior de la gravedad del momento histórico presente exige una visión estratégica y una determinación política que es muy escasa en los altos círculos dirigentes nacionales.



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