Newsletter
Email:
Início | Assuntos/Asuntos estratégicos | La destrucción de la cultura

La destrucción de la cultura

Tamanho da fonte: Decrease font Enlarge font
La oligarquía que domina las finanzas mundiales y demás industrias de gran peso, no para en tratar de concentrar más poder, intentando volver absoluto su imperio sobre el planeta.

Además de la concentración económica favorecida por los gobiernos, gracias al creciente uso del dinero y de los medios de comunicación en las elecciones, esa oligarquía, con sedes principales en Londres y New York, se sirve, desde hace más de un siglo, de la comunicación social, de la industria del entretenimiento y de la publicidad para subvertir los fundamentos de la naturaleza humana.

¿Porqué y para qué esto? Eliminar esos fundamentos implica neutralizar cualquier resistencia al proyecto de gobierno mundial. En efecto, la humanidad solamente se podrá librar de los males crecientes que viene sufriendo, si el hombre preserva la conciencia de su dignidad y el entendimiento de que esos males no resultan del orden natural de las cosas, sino de las acciones deliberadas de los que se abrogan el dominio del mundo.

En suma, tratan de etiquetar a los seres humanos, al punto de que estos pierdan esa condición. Los reduce a ser solamente consumidores teleguiados, cuando no despedidos, sin servicios médicos y prematuramente excluidos de la vida, para servir siempre al poder totalitario, ora como súbditos del mercado, en el progreso y en las depresiones económicas, ora en las guerras.

Los monopolizadores del poder real no se exhiben. Ponen bajo el foco de atención a "gobernantes" que supuestamente tienen poder y que no pasan de ser títeres. Los regímenes democráticos de esto solamente tienen la apariencia.

Para hacer que los pueblos toleren condiciones insoportables, uno de los métodos principales es derrumbar sus culturas, haciéndose esto posible a partir del desarrollo de los medios de comunicación de masas e intensificándose a medida que la tecnología desarrolla nuevas herramientas.

En la primera mitad del siglo XX, surgieron la radio y el cine. Ambos fueron utilizados en la propaganda y en la difusión de la información y la desinformación y también como vehículos de la industria del entretenimiento con novelas y música en la radio.

Incluso intentaron apropiarse de manifestaciones de la verdadera cultura popular e informada.
Sin embargo, estas fueron perdiendo espacio, al intensificarse la explotación comercial y la degradación de los gustos. Con la industria disquera, por ejemplo, en Brasil, la samba y otras formas musicales fueron modificadas, para mal, por disonancias y ritmos de moda en EU.

Durante la segunda guerra mundial y tiempo después de su finalización (1939-1947) predominó de modo absoluto el cine norteamericano. Hollywood funcionó como poderosa y atractiva máquina del amoldamiento de gustos, de modas y de opiniones. Al lado de buenas películas, el gran volumen de producciones acostumbró a las masas a la mediocridad musical, al consumismo y a la futilidad de la violencia. Británicos y norteamericanos aparecían como los héroes. Españoles, mexicanos y alemanes como las figuras ridículas.

Las estaciones de radio sufrieron la invasión de producciones disqueras de EU, con cierta música auténtica producida en Broadway. El grueso, estuvo constituido por ritmos desagradables y ruidosos, asociados a melodías cada vez más pobres, lo que era de lo peor de los EU. Esta norteamericanización, que llevaba a la degradación, era incentivada por propinas dadas a los discjockeys por la USIS, la agencia gubernamental de difusión de EU.

El efecto devastador ya era muy grande, pero nada comparable al verificado especialmente a partir de los años 1950, cuando comenzaron los festivales de rock y el ascenso de los grupos cuyo éxito comercial dependía del salvajismo de sus ruidos y de su comportamiento en escena.

Algunos decenios después de semejantes importaciones se generalizó la deformación del sentido artístico, lo que hoy lleva a las personas a llamar música a lo que nada tiene de musical: ritmos destructores del equilibrio energético de las personas, ausencia de melodía y de armonía.

No sin coincidencia, otra fuente de contracultura vino de Inglaterra, sede tradicional del imperio angloamericano. Holanda, antigua socia del poder británico, fue también un centro propagador de la suciedad y del nihilismo de los hippies, beatniks, etc.

Para mediatizar a sus servidores, el sistema actúa de dos modos. Primero, promueve distorsiones irreparables en la estructura económica y social y hace que los pueblos se desangren por medio de desgracias aún mayores: guerras crecientemente devastadoras, en la medida que los avances tecnológicos se incorporan a las armas.

Segundo, aprovechándose de la desesperación que todo esto provoca, hace surgir y difundir modos de pensar nihilistas y negadores de la realidad. Así, la maquinaria de comunicación social estimula la fuga, el falso refugio en los vicios, la búsqueda deliberada de la autodegradación.

Esto se combina con el uso y la promoción de las drogas, la promiscuidad sexual, los tatuajes y el "piercing" con el fin de acabar con capacidad de distinguir entre lo que preserva la vida -y las características del ser humano- y lo que la destruye.

Regresando a la música, uno de los efectos de la segunda guerra mundial fue la virtual extinción de composiciones musicales populares y semicultas en varios países europeos. Esto se dio con la ocupación militar norteamericana, seguida de la penetración económica y política, también manipulada por Londres. Acabó así, entre otras, la maravillosa creatividad melódica que caracterizó a la península itálica durante más de dos milenios.

Se sabe, desde Platón, que la música es elemento esencial de la educación, pues esta no existe sin un componente de elevación espiritual. Los promotores del gobierno mundial perciben que su objetivo solamente es posible si anulan la capacidad de discernir de las personas.

Saben también, con Aristóteles, que el hábito es una segunda naturaleza. Por eso, no hay modo más eficiente de esclavizar que hacer creer que cualquier cosa es la misma cosa.

Adriano Benayón es Doctor en Economía. Autor de "Globalización versus Desarrollo", editorial Escrituras (2005), abenayon@brturbo.com.br.

Adicionar no: Add to your del.icio.us del.icio.us | Digg this story Digg

Comentários (0 postado):

Poste seu comentário comment

  • email Enviar para amigo
  • print Versão para impressão
  • Plain text Versão texto